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lunes, 6 de mayo de 2013

Su límpida mirada se apagó para siempre

Eduardo Beltrán y García de Leániz / Madrid

Era una tarde de un mes de abril del 2009, algo más frío y seco de lo normal en estas agrestes tierras adnamantinas, cuando mi padre me dio la noticia de que una gata había parido debajo de un montón de tejas y ladrillos en "la casona", y que tres naricillas se asomaban por los recovecos de ese pesebre improvisado por su actual dueña gatuna.


La noticia me llenó de alegría, pues como buen amante de la estirpe felina, sabía que donde nacen gatos significa que la vida y la energía corre a raudales, y son siempre símbolo de buena suerte. Rápidamente salí de casa, cruce la calle a toda velocidad, bajé infinidad de escalones, y  me introduje de lleno en la lóbrega oscuridad del impresionante sótano-bodega de mi padre, lleno de toda clase de inventos y artilugios de todo tipo; un poco ebrio por el efecto balsámico de los dulces efluvios que allí se respiran, salí de nuevo por otra puerta al mundo exterior, traspasando una zona intermedia de innumerables cachivaches, de ahí pasé por fin a la zona del jardín, y al fondo a la derecha descubrí  cómo unas viejas tejas nunca me habían parecido tan hermosas y útiles.

Escondidos tras su parapeto de barro cocido, los tres cachorros jugaban despreocupados con las briznas de hierba que afloraban entre las rendijas de su escondite. Entre ellos sobresalía uno, blanco inmaculado, de una hechura perfecta y elegante, y ya desde tan pequeño despuntaba bondad, nobleza, simpatía e inteligencia, virtudes éstas que fueron el eje de toda su vida. No tardé en acercarme más, cuando de repente su mirada se cruzó con la mía, y si en un principio se mostró algo esquiva, rápidamente cambio de aptitud, y salió de nuevo a observarme. De ahí surgió una amistad que durará eternamente.

Al instante comprendí que este lugar se convertiría en su hogar. No fue difícil convencer a mi padre para que nunca les faltara nada en mis constantes ausencias, pues en los últimos años, mi vida se ha convertido en un ir y venir permanente entre Madrid y Almazán.

Desde entonces, he visto como crecían, como aparecían todos sus maravillosos instintos felinos, como empezaban a descubrir el mundo que les rodeaba, como me recibían cuando llegaba y como me echaban de menos cuando me iba. Pero, fue aquél blanco impoluto, de ojos verdes claros, serenos, el que me robó totalmente el corazón. Su nombre era Blanquita, nombre soso y poco apropiado para semejante belleza, pero que en  las prisas del primer momento se impuso por su obviedad.

Se convirtió en mi amiga, en mi compañera, en mi mejor aliada. Nunca fui su dueño, pues los gatos no lo tienen, ellos son libres e independientes. Pero, su lealtad hacía mi no tenía fin. Cada vez que me veía, la carrera que se pegaba para llegar hasta mí era digna de los mejores atletas olímpicos. Cuando yo aparecía tras la puerta, todo su mundo se iluminaba, no prestaba la más mínima atención a sus otros congéneres, "pasaba de ellos", ella me consideraba su familia real. Nunca supe comprender bien esto, lo correcto hubiera sido trasladarla a vivir a casa de mis padres. Un gato de esas características no estaba hecho para residir en ese lugar.

Con el tiempo, pasado su primer año, se convirtió en una auténtica belleza de Angora, poseedora de un pelo  largo aterciopelado que dejaba boquiabiertos a las personas que la veían. Tenía una habilidad asombrosa para hacerte sonreír y además, dominaba un tipo de baile distinguido, digno de la más exquisita corte vienesa. Me refiero a un baile que ella me obsequiaba siempre que me veía, que consistía en un movimiento acompasado de sus patas delanteras, subiéndolas y bajándolas como si de un caballo de pura raza española se tratara, todo ello acompañado de una sinfonía celestial de ronroneos, y aderezado con un subir y bajar su cabeza, para terminar acomodándose en mis tobillos. Sencillamente asombroso.

Era como un ángel, todo en ella irradiaba paz y tranquilidad. Daba gusto presenciar sus juegos, sus piruetas, sus increíbles acrobacias en los árboles, siempre sin perder esa elegancia natural que todo gato tiene, y que ella poseía por partida doble. Verla sentada en cualquier parte era la transmisión perfecta de la calma.

Fue la mejor madre. Tuvo tres camadas, y el celo con el que cuidaba a sus hijos era digno de admiración. Solamente a mi me permitía tocar a sus recién nacidos. Le encantaba que pusiera mi mano en su tripita cuando sus cachorros estaban mamando, pues quería que mi olor quedara impregnado en ellos como algo suyo. No en vano, dos de ellos, Horus y Nuca, comparten mi vida.

Estas últimas navidades Blanquita estaba radiante, llena de vida y felicidad. Había llegado a una plenitud majestuosa, cerca ya de cumplir cuatro años. Yo pasaba más tiempo con ella, y ella cada vez llevaba peor que yo me fuera. Estaba pensando en subirla definitivamente a casa, pero siempre posponía esta decisión. Nunca me lo perdonaré.

Un invierno sumamente frío, con muchas heladas, nieve y una lluvia incesante, ha sido el ambiente que la naturaleza nos ha obsequiado este año. Si a ello le sumamos una aparente epidemia de gripe felina por estas tierras, la tragedia puede estar servida. Y aunque estas propiedades de mi padre están cerradas, siempre se cuela algún gato vagabundo por algún sitio, buen sabedor de los tazones de comida que nunca faltan allí. Lo peor fue que contagió a alguno de los gatos allí residentes, aunque, poco a poco, todos se fueron curando.

Al terminar el invierno parecía que todo estaba controlado. Sin embargo, a pesar de todos  mis esfuerzos durante estos gélidos meses por aislar a Blanquita de los demás, al final ella también se contagió a mediados de marzo. En ningún momento dudé que lo superaría, como el resto, pues ella era la más fuerte y sana de todos. La desgracia fue que, además de esa semilla nociva, Blanquita era también portadora de otra semilla muy diferente, ¡la de la vida!. Blanquita estaba preñada.

Desde entonces y hasta finales de abril, las fuerzas le fueron fallando. El catarro había ya remitido, pero, tanto las secuelas de éste, como la vida que latía en su interior le habían producido un debilitamiento físico general, que al final no pudo superar.

En mi última visita a Almazán, mi preocupación  se acrecentó, pues estaba realmente frágil, pero la esperanza siempre se abre camino en lo más profundo de nuestro ser. Me negaba a admitir que no se fuera a recuperar. Volví a Madrid. Las llamadas de mi hermano me alertaron, llevaba dos días sin verla. Regresé rápidamente,  pues me temía lo peor. Tenía que encontrarla aunque tuviese que remover hasta los cimientos de ese lugar.

Era una mañana fría, triste, cuando accedí al recinto ajardinado para buscarla. El corazón se me aceleró cuando la vi tumbada en el mismo sitio de siempre. Estaba allí esperándome. Ella ya sabía que yo venía, y casi moribunda salió de su cobijo para encontrarse conmigo y despedirse. Un gesto más de su nobleza. Con los ojos llenos de lágrimas la cogí en brazos, la envolví en una manta y me la llevé a casa. Le lavé los ojos, la puse en el coche y la llevamos urgentemente a un veterinario de Soria. Es un viaje de apenas quince minutos, pero a mí se me hizo eterno.

El diagnóstico fue desolador. Estaba muy mal, su corazón latía débilmente. El veterinario me dio dos opciones. La primera, de pura lógica, la descarté rápidamente. Y me aferré de forma rotunda a la segunda, a la que atisbaba un resquicio de esperanza. Un tratamiento antibiótico, y a esperar.

No llegó a casa. En el camino de vuelta a Almazán, su débil corazón se paró definitivamente. Su último estertor llegó poco después de que yo la acariciara. Parecía que estaba dormida, sus ojos claros me miraban, me resistía a crear que había muerto, e intentaba reanimarla cogiendo sus patitas. Nada, de repente todo se convirtió en nieve a mi alrededor.

 Blanquita había muerto.

Cavé su tumba a los pies del abeto en el que ella solía tumbarse en las horas más calurosas del verano, y no lejos de aquel escondite de tejas que la vio nacer. El sol salió tímidamente aquél día. Era un fatídico 26 de abril. Aún caliente, sin  que la rigidez de la muerte hubiera hecho mella en él, deposité su cuerpecito en la tumba, y la cubrí de tierra. Algunos pajarillos cantaban en la copa del árbol. La energía emanaba en abundancia en ese lugar. Eran las dos de la tarde.

Bajo la imagen protectora de ese imponente abeto, con sus largas ramas arropando su tumba, dejé descansar su sueño de eternidad a Blanquita. Regresé a casa. Y la desolación se apoderó de mi.

Justo una semana después volví. Su tumba estaba cubierta de cristalinas gotas de rocío. Se respiraba paz y tranquilidad. Ya se había marchado. Le plante un rosal del color de su alma y le encendí unos palillos de incienso. Ahora descansa en paz.

"Siempre mantendré viva tu presencia".





Blanquita
Enero del 2013








lunes, 25 de febrero de 2013

Las lágrimas de Nuca

Eduardo Beltrán y García de Leániz / Madrid


Dicen que los gatos no tienen lágrimas, excepto en alguna ocasión cuando están enfermos. Puedo dar fe de que esto no es cierto. Últimamente, cada vez que me voy el fin de semana fuera de Madrid, Nuca no lo soporta, y antes de cerrar la puerta de casa, a esta increíble criatura se le empiezan a asomar ese liquido divino que sólo ella es capaz de derramar por mi ausencia.

Puede que sea algo insólito, pero la verdad, es algo tan conmovedor que a veces resulta doloroso separarme de ella. Nuca me está demostrando que mi ausencia le importa mucho, aunque solamente sean tres o cuatro días sin verme. No puede soportar que tantos momentos junta a ella se paralicen constantemente en su vida. El tiempo que le dedico no es suficiente, ella necesita mi compañía diaria, mis juegos continuos con ella, los mimos que le ofrezco, y  en esos momentos en que ella está dormitando, sabe que yo estoy cerca, velando por su bienestar, y sueña feliz y segura. 

Ahora que estoy pintando nuevos cuadros, suele venir cerca de mi caballete, y como sabe que estoy ocupado, se suele tumbar en una silla cercana a la mía, observando primero el trasiego de los pinceles y las pinturas, para entregarse poco a poco en los brazos de Morfeo, sabedora ella que su compañero está atareado intentando crear obras de arte, pero siempre con sus orejitas atentas a cualquier movimiento extraño que yo pueda hacer. Los gatos nunca duermen como nosotros entendemos el sueño, aunque con los ojos cerrados, están siempre atentos a todo lo que ocurre a su alrededor.

Nuca sabe que soy su salvador, se ha portado siempre con nobleza y agradecimiento, es sabedora del profundo amor que le dedico, y me lo devuelve infinitamente acrecentado. Su fino olfato felino le dice que entre mis brazos ella puede dormir tranquila y contenta, y que en un rato me entregaré a sus juegos y mimoseos constantes que tanto le gustan.

Tiene que compartir el espacio con otros dos congéneres de su especie, pero esto nunca ha supuesto un impedimento para ella, más al contrario, trata de mediar entre ellos para que haya paz. Nuca es un felino inteligente y tranquilo que lo único que desea es que mi presencia lo inunde todo. Todo su mundo gira alrededor de mi. Por eso no entiende mis continuas ausencias. 

Sabe que mi ojito derecho es Boira, pero no es envidiosa, ni egoísta. Entiende perfectamente que Boira es especial, pues la crié a biberón desde que tenía cinco días, y está siempre pegada a mí, marcando territorio, pues Boira me considera de su propiedad, y no admite intrusiones en este sentimiento intenso. También está Horus, el travieso de la casa, que tampoco puede vivir sin mis atenciones. Pero, al final, los tres forman una especie de simbiosis perfecta de caracteres diferentes que dan vida y felicidad al espacio que compartimos.

Ellos saben que son privilegiados, son gatos muy inteligentes y civilizados, de los que muchos humanos debían tomar ejemplo. Aún así, siempre conservan ese instinto innato de cualquier felino que se precie, es decir, su indomable carácter que los hace inigualablemente enigmáticos. Ellos me dan mucho más de lo que yo les doy a ellos.

 Nuca es una gata amable, cariñosa, atenta, y aunque un poco gordita, es una auténtica belleza. Nada en ella  es sinónimo de ingratitud, incluso cuando ha tenido que visitar al veterinario se comporta como una autentica profesional de la dulzura. A todo el mundo deja encandilado. Por eso, cuando la veo llorar al marcharme, algo en mi corazón se marchita, para volver a florecer cuando, a mi vuelta, al abrir la puerta de casa viene corriendo a recibirme "desmayándose" a mi paso.

Este es un pequeño homenaje a esta preciosidad, pero que extiendo a todos esos gatos que comparten la vida de tantos millones de personas en el mundo, y muy especialmente todos esos gatos, que sin hogar, siguen alegrando nuestras vidas. Tener un gato en casa alarga la vida de las personas. Y esto es una realidad.




Nuca

domingo, 6 de noviembre de 2011

A esos seres mágicos, extraordinarios, llamados gatos

Eduardo Beltrán y García de Leániz / Madrid

Contradiciendo en cierta manera a Fernando Sánchez Dragó (gatófilo reconocido) cuando en su espléndido libro Soseki. Inmortal y tigre, afirma que los gatos tienen que tener un nombre para poder ir al cielo de los gatos, yo estimo y afirmo que cualquier gato con su sola presencia está ya en el paraiso sin necesidad de nominaciones humanas. Otra cosa muy diferente es querer reconocer a nuestro minino con un nombre apropiado a su carácter y su fisonomía.

Su inteligencia, lealtad, fidelidad, elegancia y saber estar hacen de ellos compañeros inseparables en nuestro devenir errante por este mundo en el que nos ha tocado vivir. Ellos hacen que nuestra calidad de vida mejore considerablemente, que las energías negativas que nos envuelven desaparezcan, canalizándolas en energías positivas. Tienen el poder de limpiar el ambiente de las casas donde viven de esa negatividad que nosotros creamos constantemente, y así evitan muchas veces que enfermemos y caigamos en depresiones. Se les puede considerar sanadores anónimos y altruistas que no permiten que las personas que les cuidan sean presas de influencias desfavorables que nosotros no percibimos a simple vista, pero que están ahí.

Sí, no estoy exagerando, muchas personas que tienen gatos lo saben perfectamente, sobre todo aquellas que tienen una buena interrelación con ellos. Personas que los entienden, que aceptan su peculiar forma de comportamiento, su noble independencia, su aristocrática distinción; porque los gatos no son como los demás animales llamados de compañía, ellos son especiales, seres maravillosos que nos hacen reír y a veces con su silencio y discreción nos están transmitiendo esa tranquilidad y sosiego que todos necesitamos. Hay que saber entender sus silencios. Ellos saben que los queremos, y a cambio nos ofrecen su protección más conmovedora. 

No son egoístas, aunque a veces lo parecen sin querer. Nos dan su amor más incondicional. Sólo quieren que les dediquemos parte de nuestro tiempo, porque ellos nos consideran sus fieles amigos en esta vida que tenemos que recorrer juntos. Son inseparables. Nos cuidan, nos protegen, nos dan alegrías, nos muestran su solidaridad en los malos momentos, no se separan de ti cuando te encuentras mal, te ayudan con una mirada a seguir adelante. Son la mejor terapia contra los reveses que a veces te da la vida. Acariciar a un gato tiene la virtud de conseguir cambiar estados de ánimo depresivos o degenerativos en otros más placenteros. Y esto lo saben bien muchos cuidadores de enfermos de alzheimer.

Tienen la virtud de intuir peligros cercanos. Su exquisita sensibilidad nos avisa de que algo no va bien y 
tomemos precauciones. Limpian el ambiente de la casa de elementos no deseados, incluso cuando están dormidos. A veces se tumban en lugares que nosotros encontramos extraños para ellos, pero lo que están haciendo es "limpiar" ese entorno que ellos entienden no esta seguro. Siempre están protegiéndonos desde el anonimato, sin que nosotros podamos percibirlo. Cuántas veces los reñimos por no entender esos comportamientos.

Es realmente una delicia ver jugar a un gato, esos movimientos alocados e impulsivos, pero siempre con esa elegancia innata que sólo ellos poseen, hacen que desaparezca toda tristeza y se dibuje una sonrisa enorme en las personas que los contemplan.

Es una pena que haya tantas personas que no den la importancia y atención que merecen  estos maravillosos animales, y que incluso los miren de forma despectiva por falta de conocimiento e ignorancia. Se están perdiendo la experiencia única e increíble de estar cerca de un auténtico tigre, que les dará grandes satisfacciones en un mundo en que éstas escasean. El acercamiento a un gato es una señal de suerte y alegría en nuestras vidas. Y por supuestos, los gatos negros, considerados los más inteligentes, siempre vienen acompañados de buenos auspicios y venturas.  No nos quedemos sin comprobarlo, quitemos nuestros miedos y estereotipos del pasado oscuro y hagamos de nuestro amigo el gato un compañero inseparable. La recompensa está asegurada.

Y las personas que ya comparten su vida con ellos, que les dediquen tiempo, que entiendan sus rarezas, porque al igual que las personas, cada gato es distinto y tiene sus peculiares formas de comportamiento, que intenten comprenderlos y perdonarlos en sus escasas travesuras, porque al final siempre nos sacaran nuestra mejor sonrisa. La comprensión es la mejor manera de tener su lealtad incondicional.




BOIRA
"Ella siempre está cuando la necesito"